Ninguém quer a morte, so saúde e sorte

Para Maraita

Tenía los ojos verdes. No perdió nunca su tamaño, fue espigada hasta el fin y en su cara mantuvo los gestos de toda una vida. Supe que se adelantó a la hora del fin y se perdió sin despedirse como uno hubiera querido.

Margarita. Así se llamaba mi abuela, la que se acaba de ir, la que de alguna forma u otra siempre estará en nuestro recuerdo.

Su pelo negro negro, contrastaba con sus ojos. La recuerdo vestida para ir al mercado en las mañanas. Y recuerdo el baño vespertino, todos los días como a las 4 de la tarde, antes de hacer el café.

Yo jugaba en el patio y la llamaba cuando aparecían las tortugas que desde entonces me daban miedo. Ella las agarraba y las metia en el escondite que tenían y siempre me decía que si les metia el dedo en la boca, las tortugas nunca me lo iban a soltar.

Se me hace imposible olvidar sus manos y sus pies, ni la línea negra con que se maquillaba sus ojos. Es que en esta familia todos tenemos los pies parecidos. Es que aun la tengo entrañablemente clara en mi recuerdo, su voz y lo que me dijo la última vez que la vi.

Los abuelos no deberian morirse nunca, con ellos se va la infancia y todo lo que vivimos en ella, una época demasiado importante, una parte que de nuestra vida que no vuelve; los recuerdos, los juegos, las tardes color pastel que yo estoy casi segura que solo existen en Puntarenas y por supuesto, lo que comiamos.

Nunca fue gourmet pero hacía cosas que no puedo olvidar, como el arroz con leche. La espera era terrible, una vez anunciada la preparación. No logré conocer a nadie que usando solo leche, canela y cáscaras de limón lograra un arroz con leche como el de mi abuela. Eso, junto con los frijoles, las empanadas de plátano maduro, la carne con tomate que solo ella nos hacía… ahhh y el salpicón…

No sólo tenia buena mano, sino que tenia un aliado fiel: el anafre, que en algun momento también fue una pequeña cocina con carbón y a la que todos los chiquillos le tuvimos siempre respeto, no recuerdo que nadie se quemara.

Sus últimos días no fueron su mejor época, pero fueron unos días en que nos acercamos. Yo me acerqué a ella desde otra visión y traté de serle lo más útil que pude. A veces creo que nunca antes estuvimos así de cerca y que esos momentos me hicieron crecer, haciendome dejar de lado cualquier arrogancia.

Su partida me hace reflexionar en lo poco que pensamos en la muerte y al mismo tiempo en lo poco que valoramos las cosas que realmente valen. Es como dice la canción “Ninguém quer a morte, so saúde e sorte” (Nadie quiere la muerte, solo salud y suerte).

Y es cierto, nos olvidamos que llegará y que arrasará, pero tampoco es tan dañina para quienes creemos que la vida sigue, que solo es un cambio de estado y que el alma sigue intacta, quizá esperando para volver.

La soledad de los cementerios es lo de menos, lo que vive es lo que uno disfruta con la gente. Y la vida, es bonita, es bonita y es bonita.

“Viver! E não ter a vergonha
De ser feliz
Cantar a beleza de ser
Um eterno aprendiz…

Eu sei, que a vida devia ser
Bem melhor e será
Mas isso não impede
Que eu repita
É bonita, é bonita
E é bonita…”

Vivir y no tener vergüenza de ser feliz

Cantar, la belleza de ser un eterno aprendiz

Yo sé, que la vida debía ser mejor, y será

Más eso no impide que repita, es bonita, es bonita y es bonita

Gonzaguinha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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One Comment on “Ninguém quer a morte, so saúde e sorte”


  1. Y es bonita, bonita y bonita!
    Qué rico. cuántos sabores y olores dejó tu abuela. La mamá de mi mamá también se llamaba Margarita.


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